En busca del arte

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Aunque en ella haya ideas narrativas relacionadas con el cine de espionaje e incluso con cierto cine político, el destinatario final es el amante del ballet

Gabinete de crisis en una gélida oficina de Moscú tras la deserción en Francia de un formidable bailarín del mítico Kírov de Leningrado (hoy, San Petersburgo), el posteriormente convertido en leyenda Rudolf Nuréyev. Hay sudores fríos, búsqueda de culpables, temblores de purga. Pero el interrogado, que no es un cualquiera sino una figura de la disciplina, el maestro Alexánder Pushkin, responde con firmeza: “Esto no es política. Esto es ballet”.

Son los primeros minutos de El bailarín y su director, Ralph Fiennes, pone en boca propia, pues también interpreta a Pushkin, su idea de la película: una obra sobre el arte. Y aunque en ella haya ideas narrativas relacionadas con el cine de espionaje e incluso con cierto cine político, el destinatario final es, sin duda, el amante del arte en general, y del ballet en particular (y hay mucho metraje sobre ello). De hecho, para interpretar a Nuréyev han contratado a un bailarín profesional, Oleg Ivenko, sin experiencia cinematográfica alguna. Como debe ser: a un bailarín se le puede guiar en la actuación para que dé el pego medianamente, y lo hace; a un actor es imposible enseñarle a bailar para que parezca una estrella creíble.

Al igual que en sus dos trabajos anteriores como director, Fiennes se agarra al guion de un reputado escritor: John Logan, en Coriolanus (2011); Abi Morgan, en The invisible woman (2013), y aquí el dramaturgo, director y guionista David Hare (Plenty, Herida, Las horas), inspirado por la biografía de Julie Kavanagh. Y Hare, de enorme experiencia y habitual solidez, ha compuesto un relato alejado de lo cronológico, roto en mil pedazos, al que quizá le sobren las secuencias del Nuréyev niño, que poco aportan en lo emocional, y que solo le sirven para intentar apuntalar uno de los subtextos alrededor de la figura del bailarín.

Ese subtexto es el del complejo de campesino de Nuréyev, que no acaba de plasmarse con cohesión entre lo que se dice y lo que se muestra. Y la fallida secuencia de la discusión en el restaurante nunca llega a ejemplarizar ese estigma de (falta de) clase. Sin embargo, el resto de la estructura, que se mueve en hasta cuatro tiempos distintos (la gira parisiense de la compañía, que desemboca en la huida; sus consecuencias; su formación y estancia en casa de Pushkin, y su niñez) es muy atractiva.

Más que correcta en su descripción de los tentáculos de la KGB, El bailarín es finalmente un relato de amor al arte. Como el que busca el propio Nuréyev a cada paso, ya sea una pintura o una partitura. Fuente de inspiración para su imparable explosividad física y su búsqueda de lo sublime.

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