¡Más que palabras, obras!

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El “golpe de dados” de Mallarmé sigue funcionando como mito fundacional, tan importante para las Artes Plásticas como para la Poesía, inaugurando, en realidad, un territorio intermedio o anulando las fronteras entre esos mundos. Los caligramas de Apollinaire resultarían, algo más tarde, una respuesta algo más ingenua al problema de la relación entre palabras e imágenes. Michel Foucault habla de unas estrategias más interesantes y complejas, las de Paul Klee y de Magritte, entrecruzando, el primero, “la cadena de los signos y la trama de las figuras”, torpedeando el otro la “vieja pirámide de la perspectiva” al surcar con las palabras el espacio pictórico. Marcel Broodthaers será después alguien que beba de Mallarmé a través de Magritte. Uno de sus trabajos más notables parte, precisamente, de aquel “golpe de dados” inaugural. Es una edición limitada de 1969 donde sustituirá las palabras por formas puras, renglones ciegos, algo que también podría identificarse como una censura de los significados.

Esta estrategia del belga marca, de algún modo, una nueva relación entre las palabras y el artista. El anverso serían las palabras y el reverso las formas. O al revés, no se sabe bien. El puro esquema del texto, su maquetación, su forma de transmitirse, adquiere un peso significativo. Un trabajo de Pedro G. Romero (Aracena, Huelva, 1964) recuerda al de Broodthaers. Son una serie de documentos, todos ellos parecidos. Asocian actos iconoclastas (del tiempo de la República o de la Guerra Civil) con obras de arte recientes donde se plantean (en entornos protegidos) transgresiones parecidas. El anverso de cada documento sigue este esquema: primero, un testimonio fotográfico; luego, un texto que es crónica del episodio vandálico en cuestión; luego, otro texto, descripción de un montaje o exposición, y luego, consecutivas, dos glosas de uno y otro asunto, terminando con un nombre en negrita, el del autor del montaje aludido; y la traducción al francés de lo anterior. El reverso, cada cuerpo de la composición es un rectángulo de color, organizando un esquema simplificado de los textos. Este trabajo llega tras Broodthaers, pero también tras Hans Haacke y tantos otros artistas que manejan un modo archivístico de trabajar, que deriva en una estética propia en las instalaciones, perceptible desde lejos, mucho antes de que la mirada empiece a atender a sus contenidos.

Esta obra de Pedro G. Romero –un subproducto de su proyecto Archivo FX– se ofrece a la lectura del visitante en el Instituto Cervantes de Burdeos. Allí se ha instalado inteligentemente junto a un espejo que la duplica. Se incluye en una colectiva concebida por Ignacio Cabrero, y donde este comisario selecciona una muestra del amplio universo de aproximaciones artísticas a los textos y a los libros, reducida a creadores españoles. El título de la exposición juega con la expresión tópica de que “aquí va a haber más que palabras”. Nos planteamos, de inmediato, qué cosa pueden añadir los artistas a lo escrito. Ignacio Cabrero habla de reactivaciones. En este sentido es ejemplar el trabajo de Itziar Okariz (San Sebastián, 1965) sobre “La habitación propia” de Virginia Woolf. El ir omitiendo, tal como ella hace, de forma secuencial, una palabra de un texto, hasta su desaparición, maneja un modelo procesual y frío, pero produce un efecto rebote de rescate frente a la indiferencia.

Cristina de Middel (Alicante, 1975) maneja la dualidad imagen/texto, realidad/teoría, presente/profecía, al enfrentar sus retratos de mujeres chinas con páginas del “Libro Rojo”, donde sólo algunas palabras sobreviven a la acción del tipex. De nuevo se utiliza la omisión o censura como estrategia. También puede contemplarse lo contrario, la ocupación el espacio dejado por las palabras. De Enric Farrés (Palafrugell, Girona, 1983) es un fascinante objeto: un ladrillo de páginas cortadas de un libro, que imaginamos perdido en una biblioteca, ocultando dentro algún secreto. Y también se muestra su vídeo sobre “El viaje frustrado” de Josep Pla, donde el artista plantea resolver un reto que dejó pendiente la ficción. Ruben Ramos Balsa (Santiago de Compostela, 1978) en su “Librario”, muestra un retrato de sus intereses intelectuales y de sus fuentes informativas en forma de libros que se multiplican luego como índices de otros libros. El conocimiento se plantea como una construcción permanente y expansiva. Dora García (Valladolid, 1965) dijo que el “el libro se convierte en personaje” al hablar de su proyecto “Joycean Society”. En Burdeos se muestra el libro como tentación y objeto fetiche, reactivada al invitar a su robo. Javier Peñafiel (Zaragoza, 1964) es alguien que recurre a las palabras en un mundo ridículamente apocalíptico. “Intento pensar mis textos como asuntos que tienen cierta actividad escultórica respecto a la realidad que enuncian”, dijo en una ocasión. Su vídeo “Monólogo en el jardín”, es muestra de su reivindicación de la voz y de la polifonía, en una siembra de frases radicales en su propia fragilidad.

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