Una entrevista a Laura Restrepo y una deuda saldada

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La escritora colombiana se horrorizó con los sucesos de la muerte de Yuliana Samboní y escribió una novela titulada “Los Divinos” (Alfaguara).

Querida Laura Restrepo:

Esta, más que una entrevista, es una deuda resuelta.

La leo desde niña y la he leído siempre. Y no sólo eso, a veces, cuando escribo, la copio. Lo digo así, sin falsos pudores ni recatos. “Lo original es lo que está ligado a los orígenes y, desde luego, uno tiene derecho a encontrar sus maestros por ese camino”, le escuché decir alguna vez en una rueda de prensa. Y bueno, no hace falta que me vaya a lo obvio y le diga que la cuento entre los míos. La leo desde niña y crecí leyéndola. La multitud errante primero, Leopardo al sol después. Delirio cuando fui adolescente y posaba de excéntrica. Demasiados héroes cuando, como buena adolescente, vivía entre vergüenzas y disgustos con mi mamá. La novia oscura cuando me enamoré de un payanés, Hot Sur cuando conocí el desarraigo. Dulce compañía cuando comencé a trabajar como periodista. Y puedo seguir, pero no viene al caso.

La he leído siempre, incluso cuando prometí no volver a hacerlo porque canceló una entrevista con la que me había ilusionado más de la cuenta. Esa vez publiqué una carta abierta, medio indignada y medio enamorada, echándole en cara mi corazón roto. La he leído siempre y la seguiré leyendo, incluso cuando, por segunda vez, canceló otra entrevista con la que me había ilusionado menos. Es por eso que esta es una deuda resuelta. Una mía conmigo, con mis recuerdos de niña y mis extravagancias adolescentes. Con mis amores y con las veces que he tenido que reinventarme.

Empecé por donde seguramente han empezado todos. Por Los Divinos, su último libro. Una historia inspirada en el asesinato de Yuliana Samboní, una niña indígena de siete años torturada y violada por Rafael Uribe Noguera, un arquitecto de 45. Pregunté lo de siempre y usted me respondió lo de siempre. Pero luego, luego hablamos de ángeles, de sueños políticos de izquierda y de periodistas inventados que cuentan historias de putas. De islas medio fantasmas, de León Trotsky y de cuadernos de recortes que se vuelven libros. De sus perros, de mis gatos. De lo sublime y de lo macabro. De bendiciones y de pecados.

Querida Laura Restrepo, resolvimos mi deuda y hablamos entre libros.

Entre todas, ha elegido a Niña-niña. Sus dos ojos la miran con soberbia y desdén. Se dilatan sus pupilas. Borracho de apetito y de poder, el sátiro vibra y se tensa, listo para conquistar y destrozar. (Los Divinos)

“Lo único real ahí es el crimen. A partir de eso construí un mundo totalmente inventado. No es una novela negra, no pretende serlo ni yo sé escribir novelas negras. Tampoco es una novela policíaca porque yo no investigué nada. Sabía lo que sabíamos todos. Es, sobre todo, un ejercicio para tratar de entender lo que pasó. Este fue un hecho que nos sacudió enormemente. Y eso es raro. Somos un país acostumbrado al crimen. Los colombianos nos sentimos cómodos en ese cruce entre la vida y la muerte y tenemos los límites muy corridos cuando de atrocidades se trata. Es una cosa tremenda. Y de repente el asesinato de una niña nos estremece. ¿Por qué? Yo encuentro ahí dos cosas. La primera es que siempre hay una justificación, absolutamente indebida, por supuesto, pero hay algo que para el asesino justifica la agresión: ‘¡Ah!, es que era una prostituta. No, es que era una coqueta, No, no, es que se la pasaba frecuentando no sé qué discoteca’. En el caso de la niña, no hay ninguna. Es una víctima pura, una víctima absoluta, una víctima víctima. Y la segunda es que los crímenes a los que estamos habituados son por algo: dinero, venganza, guerra. Este es un crimen por placer. Alguien que lo tiene todo y, sin embargo, hace semejante barbaridad nada más por darse gusto. Eso es algo medio tiránico”.

—Enterré la niña en el agua —me dice.

—No se estila, mi rey, se en-tierra en tierra o se en-agua en agua, pero no se entierra en agua. (Los Divinos)

“Construí cinco personajes. Cinco amigos inseparables entre los que se encuentra quien comete el crimen de la niña y que termina volviéndolos cómplices a todos. Detrás de cada uno de ellos está el conocimiento de una clase social que, mal que bien, todos hemos visto. Uno sabe cómo es su gente y lo ha sabido toda la vida. Yo sé cómo somos los bogotanos. Eso lo tenía desde antes y por eso la novela necesitaba escribirse en bogotano. Ahí no hay una investigación, ni una pretensión de objetividad. Hay un personaje, uno de esos cinco amigos, que lo narra todo y que le cuenta al lector ese mundo inventado. Que está hecho de sus propias palabras y que con ellas hace a los demás. Cada cosa que decía tenía que ser reveladora y había que escarbar entre sus frases para dar con las claves de una conducta. Fue interesante eso de revisar cómo hablamos, qué decimos, cómo usamos el humor. Cómo se nos convierte en una manera de sobrevivir y de borrar. Ese es un mecanismo muy bogotano para desinflarlo todo y lidiar con la tragedia. Tú me cuentas la pelea con tu novio, yo te echo un chistecito y ya está, se fue”.

Ni siquiera su nombre es su verdadero nombre. “Clipperton” es un alias, una maniobra de distracción. Una de tantas maneras que tiene la isla de desdoblarse y de encubrirse. (La isla de la pasión)

“Tal vez una de las características de nuestro tiempo es que no nos atenemos a los géneros, sino que vamos en una constante indagación por sus resquicios. Siempre estamos entre la ficción y la realidad, la imaginación y la investigación, el ensayo y la literatura. Ahí coloco muy conscientemente mis novelas. Tanto que cuando siento que alguna se va cayendo mucho de un solo lado, la enrarezco. Al principio era un problema. Cuando escribí La isla de la pasión no sabía mucho cómo pararme en esos resquicios. Por un lado, era una investigación sobre hechos reales, un oficial del ejército mexicano que aceptó una misión en una isla de la que todos se habían olvidado, y por el otro, yo narraba lo que los personajes hablaban en la alcoba, que, por supuesto, era inventado. Escribía un capítulo muy atenido a lo que había averiguado y otro con lo que me imaginaba. ¡No había quien publicara eso! ¿Era ficción? ¿Era literatura? ¡Y yo en una falta de plata y encartada con un engendro que nadie sabía que era! Hasta que un editor inglés me dijo: ‘Yo se lo publico, pero quite los capítulos periodísticos y vuélvalos ficción’. No fue fácil. Me demoré como un año más. , pero hoy en día ya hago lo que se me da la gana”.

Este libro relata un instante de fervoroso entusiasmo.

Corría 1984 y Colombia iniciaba, por primera vez en la historia de América Latina, una negociación de paz entre el gobierno y las guerrillas insurgentes. (Historia de un entusiasmo)

“La militancia me viene de fábrica. Y no creas que no la combato. Es que la política me fascina y siempre he vivido muy conectada a todos sus procesos. Reivindico mis años de militancia y me alegra mucho haber podido pertenecer a una generación en la que todo fue tan intenso. Yo tuve la suerte de haberme cruzado con el trotskismo. Éramos unas chuchas para hacer cosas, pero había una lucidez muy interesante que nos venía del propio pensamiento de Trotsky: anticapitalista, antiimperialista, pero antiestalinista. Entonces no caía en esa retórica de muchos y dejaba cierta visión de modernidad. Ahora entiendo que teníamos un lenguaje reiterativo, dogmático, muy convencido de sí mismo. A eso, creo, se debió en parte la crisis de la izquierda. Me da risa leer Historia de un entusiasmo porque yo conocía muy bien al M-19, muy desde adentro. Y, sin embargo, lo pinto con todos sus defectos recortados mientras a los del otro lado les caigo con un hacha. Con los años pienso que habría sido muchísimo mejor si en vez de quitarle defectos, hubiera entendido que de eso estamos hechos: de lo bueno y de lo malo. He tratado de darle un giro a todo, de englobar la política en una forma más amplia que quizá sea la ética. Tanta pereza y tanto descreimiento tal vez tengan que ver con la limitación de no verla dentro de un contexto más fuerte: si estoy contra la corrupción, pero trato el mundo a las patadas, pues, a ver, se me queda en consigna”.

Después de ese día nada volvió a ser igual. Una herida viva en el pecho: eso y no menos fue a partir de entonces la historia de mi amor por el Ángel de Galilea. (Dulce compañía)

“Antonio Caballero siempre ha dicho que mis novelas son malísimas, el muy maldito. Una vez le preguntaron por Dulce compañía y dijo: ‘Ah, esa es la historia de un hijo que Laura Restrepo tuvo con un ángel’. Cuando la escribí, yo estaba viviendo en Roma y tratando de entender cómo eran los italianos. Nadie hablaba de ángeles, pero al mismo tiempo se aparecían por todas partes: en los puentes, en los frescos, en las paredes. Hice entonces lo de siempre: una investigación. Esta era sobre Uriel, un ángel que declararon proscrito y borraron por completo. Cuando estaba por terminarla me cayó el auge de los ángeles en la literatura. No, qué basura, se jodió esto. Mandé todo a un cajón. Luego lo pensé mejor. Si uno escribe de un tema cuando no está moda, ¿por qué dejar de hacerlo cuando sí está? Mezclé mis años de militancia en los que subía a los barrios populares con este ángel, que en Italia era solamente historia, y lo hice aparecerse. Puse una periodista moderna, de esas de pilates que no creen ni en las campanas del reloj, y la enfrenté a la religiosidad popular. Salvo unos fragmentos entre capítulos, que se llaman Los cuadernos de Ara y son parte de mi investigación en Italia, todo me lo inventé. No hay ángel, no hay periodista ni hay hijo”.

He seguido los episodios de su vida tratando de registrar su huella leve y su rastro de incertidumbre. He querido entender la pasión de esa mujer que no en vano llamaban Sayonara, y acompañarla por las rutas de su recurrente despedida. (La novia oscura)

“Sigo las historias durante años. Tengo unos cuadernos con tapa de mármol en los que voy poniendo todo lo que encuentro al respecto. Tienen una cosa como de escuela que me encanta, una etiqueta en la pasta, de esas que se usaban para marcar hace mucho tiempo: ‘Cuaderno de matemáticas. Quinto elemental’. Entonces yo le pongo título: ‘Los Divinos’, ‘Pecado’, ‘Delirio’. Y voy metiendo citas, ideas, recortes, pequeños fragmentos en borrador. Una película que veo sobre el tema, otro libro que leo. Todo lo voy reseñando. Llevo varios al tiempo, uno por cada historia que tengo dándome vueltas en la cabeza, y tan pronto termino un libro, se viene ese momento delicioso de sacar mis cuadernos y escoger el más lleno para seguir. Salvo Los Divinos, que fue como un rayo, como un momento de posesión o de necesidad imperiosa, todos mis libros llevan años cocinándose. Historia de un entusiasmo primero se llamó Historia de una traición, por allá en el 88. Luego cambió un poco y le añadí un prólogo que relativizaba el punto de vista. Todavía me queda por escribir un relato en primera persona de cómo fueron las cosas: Historia de una pasión. Me gusta pensar en secuencias que se transforman, que se completan o se contradicen. Muchas ya están en mis cuadernos.

La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder. (Delirio)

“Al escribir tengo mis manías, como todos. Me despierto a las 4 de la mañana y escribo hasta las 8. Mientras todos duermen, mientras hay silencio, mientras no suena el teléfono. La ducha es una fuente de revelación; bajo el agua bien caliente piensa uno muchas cosas. Y para los atascos, mis perros. Ya son tres: Oso, Azul y Dante. La divina Alelí se nos murió de vieja. Un dolor horrible. Cuando se calienta la cabeza, nada mejor que salir con ellos por la montaña. Ahora que vivo en Cataluña, ese es un placer como pocos. Y es que los que trabajamos con la palabra sabemos bien de todas las cosas magníficas que depara, pero también de todas sus limitaciones. Uno conoce sus juegos, sus prestidigitaciones, sabe hacer trampa con ella. Y eso cansa. Es necesario poder decir: ‘Basta, silencio’. Esa comunicación tan intensa que no pasa por la palabra y que sólo dan los animales es un alivio mental. Yo ya no puedo vivir sin mis perros. La soledad sería espantosa. Ellos son mi casa. Salgo, viajo, trabajo, pero siempre vuelvo a donde están mis animales. Son ellos los que permanecen y yo la que los vuelve arraigo”.

Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria. (Epígrafe de El Adversario, de Emmanuel Carrère, en Pecado)

“Tengo libros a los que siempre vuelvo, libros de los que incluso me agarro para escribir. Siempre intento ponerlos en los epígrafes para que el lector sepa cuál fue mi guía. En Pecado fue Carrère. Él sí que es una fiera para indagar en el mal. Tal vez porque fue religioso y dejó de serlo, algo con lo que yo me identifico. Nunca fui muy creyente, pero tuve una especie de cultura religiosa que ahora es puro descreimiento y nostalgia de la fe. No tengo Dios, pero cómo me gustaría creer en un Padre nuestro que me protege. En Los Divinos fue Michel Tournier: “Para empezar, ¿qué es un monstruo? Ya la etimología nos reserva una sorpresa un tanto pavorosa: monstruo viene de mostrar”. Y en la vida han sido lugares comunes pero inevitables: la Ilíada y la Odisea. Esa concepción, tan heroica y tan prosaica al mismo tiempo, es algo a lo que siempre vuelvo. Y si hay Brad Pitt haciendo de Aquiles, voy y lo miro también. Otro lugar común gigantesco: la Biblia. Ya dije que mi fe no está tan encaminada, pero la Biblia es un lugar repleto de historias truculentas y maravillosas, arbitrarias y tremendas. Es Las mil y una noches de los cristianos”.

Cuando el nivel de escritura llega hasta donde lo llevó Laura Restrepo, hay que quitarse el sombrero. (José Saramago a propósito de Delirio)

“A Saramago también vuelvo cada vez que puedo. Además de un escritor maravilloso fue mi amigo. Yo no tengo muchos amigos en el gremio. La verdad, tampoco creo que pertenezca ‘al gremio’. Pero a él vuelvo siempre y lo llevo de alguna manera cuando escribo. Hay algo muy gracioso y es que uno de los personajes de Delirio, la novela con la que me dieron el premio Alfaguara cuando él fue jurado, aparece leyendo uno de sus libros. Pensé en quitarlo, pero para qué, si ya lo había usado otras tantísimas veces. Su Evangelio según Jesucristo es algo que leo y leo y leo y vuelvo a leer”.

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