Schiele y Basquiat: cometas paralelos

0

La Fundación Louis Vuitton expone en París la obra de los dos pintores, unidas por dos biografías culturantes

Dos relámpagos en el cielo del siglo XX. La efervescencia de dos cometas. La prensa dispara metáforas celestes para hablar de Jean Michel Basquiat y Egon Schiele, astros del otoño parisino, reunidos por la Fundación Louis Vuitton. Agitados pero no mezclados en la coctelera que el arquitecto Frank Gehry proyectó en el Bois de Boulogne.

¿Pero qué asoma en las dos imágenes que acompañan este texto? Dos miradas fieras. Cuatro ojos como tizones. Cuatro imanes que te dejan clavado, sin poder eludir su atracción. Son una muy buena apuesta repartida entre 100 obras de Schiele y 120 de Basquiat. Fulgor. Esa es la palabra que la RAE define con otras dos: resplandor y brillantez.

Buena elección porque el Autorretrato de Schiele es de 1912. Y el Sin título de Basquiat de 1982. Ambos autores tenían 22 años y ambos vivieron 28. A esa edad, cuando el resto de humanos empieza a darle cuerda a la vida, ellos se encendieron como el chispazo de un fósforo para apagarse con rapidez. El austriaco por la mal llamada gripe española. El estadounidense por una sobredosis de speedball, mezcla de cocaína y heroína. Destinos trágicos. Autores malditos.

En 1911 a Schiele ya le habían pasado dos hechos destacados: 1) Había expuesto en solitario por primera vez, en Viena. 2) Había conocido a Walburga Neuzil, Wally, 17 años. Su biografía no está muy documentada. Se cree que era una modelo (y quizá amante) de Gustav Klimt. «¿Tengo talento?», le preguntó Schiele a Klimt. Se conocieron cuando el primero tenía 17 y el segundo 45, y era el macho alfa del arte de aquella Viena febril y rompedora. «Mucho. Demasiado», respondió el maestro, mentor y gran influencia de un joven fascinado por sus desnudos y paisajes.

En 1911, Schiele se autorretrata con chaleco y aura de santo. Seguro de sí mismo. Ese mismo año, Wally se convierte en su modelo y su amante. Cansado de las intrigas de la capital del imperio, el pintor se va con su amante a Krumlov, el pueblo de su madre en Bohemia (hoy República Checa). «Por fin es feliz. Se llamaba a sí mismo el Klimt de plata», escribe Alesandra Comini, que recorre en el catálogo la vida del pintor a partir de sus dibujos.

Vivir con una mujer sin estar casado y en un pueblo era un escándalo. Y eso los expulsa hacia Neulengbach, a 20 kilómetros de Viena, donde alquilan una granja aislada. Wally sigue de modelo y lleva la casa; él expone con éxito en Viena, Budapest, Colonia y Múnich. «Schiele empieza a sentirse en la cumbre de la autoestima y cree que su privilegiado estatus de artista le da derecho a abordar cualquier tema».

No sólo se pasea con su amante, sino que invita a los niños del pueblo a posar para él. Los muchachos cuentan a sus padres que la casa está llena de dibujos eróticos. El 13 de abril de 1912, dos policías se presentan en la granja, confiscan 125 dibujos, prenden al pintor y lo llevan al calabozo. Allí permanece hasta el 7 de mayo, acusado de abuso de menores, violación e inmoralidad pública. No hay pruebas de los dos primeros cargos, pero el juez Stovel, coleccionista de dibujos eróticos, lo condena por el último. Lo deja en libertad, pero quema simbólicamente uno de los papeles en la Audiencia. Los otros 124 no aparecen más. Para entonces, Egon Schiele es un artista con voz propia y mundo particular. El mismo que esta exposición despliega casi como una anatomía de la noche psíquica del artista, de la delicadeza de su turbadora expedición.

Ahora un salto hasta 1982. Uno de los mejores años de la producción de Basquiat. Ha participado ya en la exposición colectiva New York/ New wave en Queens, en el PS1, templo del arte emergente del momento. Ha cogido la ola. Viaja por primera vez a Europa y Annina Nosei lo instala (o lo encierra) en el sótano de su galería neoyorquina durante el mes de septiembre. Así nace la primera exposición individual de Basquiat en marzo de 1982. Apuntala las referencias tribales de su pintura, la ferocidad del trazo grafitero, el expresionismo y la caligrafía fundidas en un crisol del que sale un grito que sólo él genera, aunque todos comprenden. El trabajo de Basquiat es un imponente faro sin luz de aviso y con certeza de tormentas. Una ruptura que viene de la vanguardia y llega a una pintura dislocada, desquiciada en ocasiones, estableciendo un canon propio.

Hay mucho de precoz osadía en Basquiat. De fortuito. De instinto desatado. Impresiona a dealers y a Andy Warhol. A coleccionistas y a brokers. Es el producto de consumo artístico más refinado de aquel Manhattan de los primeros años 80. El arte viene zarandeado en todas direcciones y uno de sus evangelistas es un joven mulato que sale del underground y no entiende enteramente lo que sucede. Pero es parte principal de lo que pasa. Pone el foco en algunos iconos populares de aquella década convulsa: el boxeador Cassius Clay o músicos de jazz como el saxofonista Charlie Parker…

Ese año prodigioso es también el del dibujo sobre papel que ilustra estas páginas. Y el de otra obra sin título, una cabeza negra y rabiosa sobre fondo azul pintada sobre tela. La que algunos años después hizo entrar a Basquiat en el club de los 100 millones de dólares. Una cofradía en la que apenas figuran Picasso, Modigliani, Bacon, Giacometti, Munch y Warhol. Basquiat es el único nacido después de 1945.

Juntos, agitados pero no mezclados, conviven ahora en París dos de los artistas más impetuosos de sus tiempos. Las coincidencias son feroces: precocidad, singularidad, relación virtuosa con el dibujo, figurativos, expresionistas… Ambos tuvieron problemas con sus padres y dejaron como estela un estruendo extraordinario.

Egon Schiele, en el calabozo, anota en su diario el 22 de abril de 1912: «Como la divinidad, llámese Buda, Zoroastro, Osiris, Zeus o Cristo, el arte encarna un principio eterno y no obedece al tiempo». En la soledad de la celda, Schiele pintó lo que veía, dos sillas y un cubo. Y escribió en el reverso: «El arte no puede ser moderno. El arte es primordialmente eterno».

La línea de Schiele era radical y desconcertante. Menos intuitiva que Basquiat, pero más temblorosa, más precisa y más inquitetante por delicada. El dibujo, el gouache, la pintura como una confusión definen a uno de los artistas principales del primer tercio del siglo XX. Obsesionado con autorretratarse, aquel gesto tenía tanto de narcisismo como de autodestrucción. De hacer visible el daño y el extravío. Pues así pinta Schiele (más o menos lo que décadas después hará Basquiat): delineándose a sí mismo desde el centro de una poderosa oscuridad.

La práctica de la dramatización de las escenas está en ambos artistas. Pero Schiele lo lleva más lejos. Cuerpos de mujeres que entran o salen de un éxtasis. O de un frío. Amantes de una extraña estilización donde se establece un juego de alternancias entre vacío y plenitud. La sexualidad descarnada también desborda los papeles de Egon Schiele. No hay más reglas que la pasión de pintar incluso desde el asco.

Ninguno de estos dos agentes provocadores tienen una vocación lúdica. No pintan como bálsamo, sino como desacuerdo. Esta muestra propone una de las colisiones más excitantes del panorama expositivo del otoño europeo. Popular, sí. Complaciente, porqué no. Estratégicamente exitosa, sin duda. Pero una audaz confrontación que abunda en la fuerza de las grietas. Muchas grietas. Puntos de vértigo y de intersección.

Ver más en: El Mundo

Leave A Reply