Confesiones de un filósofo politoxicómano y bipolar

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Por decirlo sin ganas de exagerar, Confesiones de un filósofo desaparecido en combate (Pre-Textos) es un libro importante, si por importar entendemos buscar fuera aquello que no somos capaces de producir por nosotros mismos. Lo ha escrito Enrique Ocaña, autor de un gran estudio sobre Jünger (Más allá del nihilismo) y de un ensayo sobre farmacia utópica que fue finalista del Premio Anagrama e indagaba con exquisita hondura en la obra de autores del XIX y XX que escribieron sobre la experiencia enteogénica: Nietzsche, Jünger, Gottfried Benn, Walter Benjamin. Brilló hace unos años como la esperanza blanca de nuestra filosofía. Y, de repente, guardó silencio. Hasta ahora, que publica un libro impactante, rotundo, breve, de los que te agarran del cuello en la primera página y ya no te dejan hasta mucho después de que lo termines. Para dar con él, tiro de amistad con sus editores de Pre-Textos y consigo localizarlo esperanzado de que la desaparición que menciona en el título o bien sea una metáfora afortunada o sencillamente haya tocado a su fin.

Su libro se titula ‘Confesiones de un filósofo desaparecido en combate’ y es inevitable que el lector se pregunte, aun antes de entrar en él, cuál es ese combate en el que el filósofo ha desaparecido.
El filósofo ha desaparecido de las refriegas de la vida económica, académica y cultural. Puede ser visto como un fracasado o como un emboscado.
En su libro hay un tono narrativo en el que no hay miedo de entrar a saco -por decirlo poéticamente- en la intimidad de quien escribe, que copia algunos diagnósticos médicos que informan al lector de una situación de partida.
¿Ensayo? ¿Cuaderno de notas? ¿Memoria? ¿Autoficción narrativa? Cuando empezó a escribirlo, ¿tuvo dudas acerca del género?
Sí, el libro tiene algo de lo que dices y es verdad que todo ejercicio de la memoria contiene un elemento ficticio, pero en cierto modo es un libro inclasificable. Ante todo son las confesiones de un filósofo politoxicómano y bipolar, que no desprecian a San Agustín, pero que se hallan más cercanas a las Confesiones de Thomas de Quincey, donde el opio es una nave para surcar las melancólicas islas de la infancia. En realidad, es un artefacto literario que contiene informes psiquiátricos, fragmentos autobiográficos, un diario de sueños vívidos, una reseña de un libro y de una película. Además, renuncia a la preeminencia del yo y juega, según los contextos, con las otras dos formas del pronombre personal. Esto lo aprendí de mi maestro Jean Améry. Al principio no tenía ni idea de cuál iba a ser su género. Lo que tenía claro es que no iba a ser una tratado filosófico cargado de notas y de bibliografía. Luego me di cuenta de que estaba escribiendo el atestado de mi propia vida.
Su libro tiene páginas que te dejan sin respiración. La alianza vida y pensamiento, experiencia y bibliografía, por decirlo así, se ofrece con una naturalidad exquisita, muy auténtica, o esa es la impresión que tiene el lector. ¿En qué momento, después de la desaparición a la que alude el título, decidió que había llegado la hora de reaparecer?
Fue bajo un estado hipomaniaco (euforia) y tras la muerte de mi hermano del alma, Miguel Ángel Velasco. A pesar de su brevedad, he tardado mucho en escribir el libro. Tras las primeras líneas introductorias me quedé paralizado. Necesité varios años para que la escritura fluyera. El libro comienza «acabo de cumplir cuarenta y cinco años» y a los cincuenta aún estaba rumiándolo. La idea de vencer el pudor e incluir los informes psiquiátricos dieron un impulso a la escritura y reforzaron su sinceridad y veracidad. Pero estos informes no contienen toda la verdad de mí mismo. Tiendo a desconfiar del «Estado Terapéutico», según expresión de Thomas Szasz, y su legión de psiquiatras y drogabusólogos.
La realidad no es todo lo que hay, decía hasta la fatiga Agustín García Calvo, que asoma en alguna página de su libro. ¿Qué hay además de la realidad?
Hay estados de conciencia (drogas, literatura, música, pintura) que nos abren una dimensión donde se desvanece la gravedad de la realidad como principio absoluto. Hay un interesante capítulo de un libro de Sloterdijk (Extrañamiento del mundo) que se titula Dónde estamos cuando escuchamos música. Desde luego, no estamos en la realidad convencional.
En el libro se repiten algunos nombres propios inevitables: Jünger, Escohotado, el poeta Miguel Ángel Velasco, a quien el libro está dedicado. De Escohotado se copia una carta que, en mi opinión, vale por todo su Realidad y sustancia. ¿Cómo ve su obra con respecto a la de ellos o en qué medida han sido colaboradores, con su presencia o su influencia, de un libro tan extraordinario como el suyo?
La triada Jünger, Miguel Ángel Velasco y Antonio Escohotado es muy estrecha. Todos empezamos a leer la obra del soldado escritor al unísono, y a mí me tocó representar el papel de especialista en la obra de Jünger [Más allá del nihilismo y Duelo e historia, aunque mis estudios trascendían los límites de la filosofía académica]. A la vuelta de Italia comencé con las traducciones de Jünger, en primer lugar con su obra más representativa sobre la materia. Escohotado no sólo me ofreció drogas, sino que con la revisión a que sometió mi primera versión bisoña del Dioniso moderno y la farmacia utópica se puede decir que me enseñó a escribir tras el desastre de la escritura académica aprendida durante la carrera. En el libro se contienen los pormenores de mi relación con Escohotado y con Velasco. Sí, yo también pienso que la carta de Escohotado contiene lo esencial de Realidad y Substancia y lo aplica al ámbito de la ebriedad psiquedélica. El verbo poético de Miguel Ángel Velasco me ayudó a acendrar mi castellano y a prestar mayor atención al lenguaje. Compartimos toda clase de drogas con espíritu inquisitivo. Cuando leí los manuscritos de El Sermón del fresno me dejó hechizado y tiempo después usé sus Ayunos de San Antonio como cita que encabezaba El Dioniso moderno y la farmacia utópica. En mi relación con los dos vale la máxima de la escritura como fármaco.
Escohotado tiene esa frase magna según la cual cualquier droga es como la cuerda que sirve al escalador para hacer cumbre y al suicida para ahorcarse. Es visible en su libro el esfuerzo para que el lector no crea que el relato de su experiencia se tome como una causa general, pero ¿no está el propio testimonio más cerca del suicida que del escalador y no es inevitable cargar algo de culpa -si es ésa la palabra- en la propia cuerda?
Sí, en cierto modo estoy más cercano del suicida, pero depende de la cuerda que se use y cómo se use. Hay sustancias que ni siquiera me han acercado a los aledaños del suicidio. He andado por la cuerda floja de la heroína, la cocaína y las benzodiacepinas. Pero el costo, la maría, el éxtasis, la LSD, la psilocibina… no tienen nada que ver con las anteriores sustancias o cuerdas.
¿Cree que hay, como en poesía, filósofos de la experiencia que todavía pudieran hacer servir a la filosofía para algo que no sea, meramente, complacerse en el estudio de lo que han dicho los filósofos?
Sí, creo que hay una filosofía de la experiencia que puede ir más allá de los constructos bibliográficos y los estudios de autores clásicos, aunque estos también sean necesarios, Pienso en Pierre Hadot y su concepción en los griegos de la filosofía como un arte de saber vivir y un conjunto de ejercicios espirituales. También me seduce el último Foucault con sus técnicas del yo en la filosofía clásica. Por lo demás, hago mía las máximas del maestro del relato corto especulativo, Odo Marquard: la filosofía sin experiencia es vacía, la experiencia sin filosofía es ciega. Y la filosofía es competente para compensar su incompetencia.

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