Dora Salazar: «Inspiración, Espriración, Expiación»

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El Museo de Navarra está en transformación. De algún modo, se trata de modificar un vehículo en marcha, puesto que las actividades del centro no se detienen, e iremos viendo los avances poco a poco. Mercedes Jover, la actual directora, junto a Marta Arriola e Iñaki Urricelqui han definido su proyecto bajo un lema elocuente: “Todo el arte es contemporáneo”. Se trata de un planteamiento diacrónico, de diálogo entre lo antiguo y lo moderno, entre los viejos y los nuevos creadores, atendiendo muy en especial a los artistas navarros, y que se desarrollará en dos ejes, uno que califican como “estático”, revisando la disposición de las colecciones permanentes, y otro “dinámico”, que plantea exposiciones temporales (de larga duración) en dos espacios, una sala, digamos que convencional, que se especializará en fotografía, más un espacio muy potente, la capilla, donde determinados artistas serán invitados a intervenir. La escultora Dora Salazar (Alsasua, 1963) ha inaugurado este programa.

Hasta el momento, la capilla se venía utilizando como un anexo, dedicándola a presentar el arte sacro en un contexto privilegiado. Será bueno contar que el actual museo fue un antiguo Hospital fundado en el siglo XVI, pero que de aquel edificio sobrevive poco. Queda la portada principal, y queda, sobre todo, esta capilla, cuya portada barroca es ya un primer injerto, pues procede de otro templo y de otra época. Los retablos que la pueblan, también llegaron de otros lugares de Navarra. El nuevo proyecto del museo no plantea, como en otros centros de arte, como el CAAC de Sevilla, por ejemplo, reutilizar un templo limpio de referencias, por donde pasaron los iconoclastas laicos de la desamortización, sino sumar una capa de arte actual a un repertorio que ya es híbrido de imágenes y estilos. Entre otros retablos, está allí el de Santa Marta, renacentista, casi manierista, recolocado en una de las dos capillas laterales que fingen un crucero. Frente a él aparece suspendida una de las mejores piezas de Dora Salazar, una de sus “princesas”, una figura femenina fingida en alambre, vestida de cuerdas rojas, deshilachadas en su larga falda, y cuyo rostro es una máscara de estaño. Lo que parece estar mirando es un episodio curioso de la vida de la santa, el de la doma del monstruo (o monstrua) de Tarascón, la Tarasca, que aterrorizaba a los vecinos de la localidad francesa.

Los personajes de Dora Salazar intervienen en la capilla como feligreses o como celebrantes. Podemos imaginarlos o imaginarlas (pues son presencias femeninas en su mayoría) como esos fantasmas que, en algunos cuentos góticos, ocupan las iglesias por las noches, y ofician allí sus cultos alternativos. De modo que los visitantes somos espectadores secundarios de esta ocupación espectral. Repartidas por distintos puntos, aparecen sus muy características “princesas”. No tocan el suelo. Son estructuras de alambre, entidades que parecen estar a la espera de cuerpo e identidad. La princesa que viste de rojo observa y analiza, por ejemplo, el papel de las mujeres en esas historias espigadas en “La Leyenda Dorada”. La mujer como demonio ella misma o como domadora de los monstruos. Veneno y triaca a la par. Nunca sacerdotisas o predicadoras. Tal vez por ello, una de sus criaturas más reivindicativa, un busto alado, se adelanta y ofrece sobre su pecho un mensaje feminista (“mi cuerpo es mío”), al modo del colectivo Femen. Y no es la única referencia coyuntural. En el altar mayor se yerguen varias figuras desnudas de cartón y yeso, resueltas a tamaño natural, y que son calcos de sujetos reales. Parte de las que se presentaron hará once años en el Museo Barjola de Gijón. Pero hoy los redefine un título (“Nadie es ilegal”) en el contexto la crisis migratoria. Esto me recuerda una frase que Dora Salazar dejó caer en una entrevista: “Lo que más me interesa son las personas”.

Para su montaje en la capilla la artista ha recuperado y adaptado obras ya existentes. De 1994, y procedente de la propia colección del Museo, es un “corsé” de hierro y aluminio. Como en otras esculturas suyas del momento, denuncia los modelos opresivos referidos al cuerpo femenino, y que tendrían al cinturón de castidad como prototipo. La mujer se vende como una cáscara, vacía de contenido. Pero este juego entre lo humano y lo inhumano, el cuerpo y el vestido, los miembros y las prótesis, tiene una lectura más atractiva y transformadora, a mi juicio, en obras posteriores cuando, el cuerpo, instrumentalizado aprende a volar dotándose de alas, o sabe convertirse en arma. Sucede así en las manos mutantes, fabricadas en bronce, de “Objetos personales”, de 2003, atractivamente expuestas en su vitrina, a la manera de los objetos litúrgicos del típico museo diocesano. El modelo fuerte de las pioneras del Surrealismo, como Meret Oppenheim (homenajeada en otra obra) vienen a cuento en este entorno de sacralización alternativa y saturación icónica.

Hasta el 24 de marzo de 2019.

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