El difícil arte

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Están los días llenos de luz y las jacarandas empeñadas aliviar el aire. Por todos lados hay historias que nos asombran y conmueven. No ayuda enojarse, menos aún convertir en angustia lo que nos parece una ofensa. Pero miren ustedes, hay cosas que nos obligan a mirar los equívocos.

Hasta el día en que esto escribo hay, todavía, un sitio en el portal de internet con información del Instituto Nacional de Desarrollo Social. Encuentro ahí que al 9 de marzo de 2019 hay miles de organizaciones de la sociedad civil inscritas en el Registro Federal que las enumera. Me pareció inaudito. Miles.

Busqué este dato cuando el dedo del presidente de la República en que vivimos dijo que las organizaciones no gubernamentales estaban pagadas por los poderosos que sólo quieren manipular, impedir y beneficiarse.

Oyéndolo supe que tal cosa no es posible y que no es justo decirla. He acompañado en su trabajo a varias de estas organizaciones independientes, bastándose a sí mismas, y no las vi sino hacer el bien por su cuenta. Recordé, como por instinto, la mirada sobria y trabajadora de tantas personas, a las que he visto fundar y cuidar asociaciones civiles sin las que México sería mucho menos habitable de lo que es. Gente que corrige con sus acciones el día a día, que salva a otros de la desgracia, que libera, que construye, que no se distrae oyendo quejas ni recontando agravios.

Esa gente está concentrada, por ejemplo, en salvar a la niña a quien violó su padre, soslayado por su madre, y que no tenía ni a dónde huir. Esa gente está ocupada en conseguirle un cobijo, en darle a su vida una razón de ser que no fuera sólo la memoria negra de un hombre que la seguía con un machete, apartándola de sus hermanos para llevársela tras los árboles hasta dejarla, según le dijo a la madre, “lista para trabajar, porque ya le cabe casi todo”.

¿Qué le podía quedar a una niña hija de tales tipos, sino sufrir? Pero yo oí a esa adolescente contar su historia ya medio aliviada de sólo haber encontrado un sitio en el que esconderse.

Historias así llegan a las casas que visité, fuera del alcance de los perseguidores, cuidadas y procuradas por quienes fundaron primero un refugio y luego otro, cada una por su cuenta, hasta unirse en una red de refugios para mujeres violentadas, lastimadas, heridas, muertas de miedo.

Una de ellas me enseñó las cicatrices que dejó en su cuerpo el alambre de púas con que estuvo amarrada tres días para que no huyera junto con sus hijos del espanto. ¿Cómo le iban a llegar a esa mujer 900 pesos y de qué le hubieran servido? Ya no les digo más. Oí muchos horrores. Sé que no se remedian con 900 pesos al mes. Acompañar a esos grupos es un aprendizaje diario. Y yo me detengo en los casos porque lo mío es contar, no hacer cuentas.

Pero, para nuestra fortuna, hay quienes hacen ese trabajo con pasión. Encuentro en nexos tres artículos en los que el investigador Manuel Toral hace lo que llamó un Breve panorama sobre la sociedad civil en México.1 Me sorprende. Sólo en la Ciudad de México hay más de siete mil organizaciones. Cuesta creer esos números, porque maravillan, pero son ciertos. Pienso no sólo en el trabajo de toda esta gente, sino en la discreción con que lo hace. Así que mi conocimiento de unas cuantas es sólo un atisbo.

Hay tantos mexicanos dispuestos al bien hacer, a llenar con su trabajo lo que el Estado no ha hecho. ¿A ellos vamos a descalificarlos? ¿A los que han sabido crear ayuda para quienes de otro modo no pueden acceder a servicios de salud y educación, cuidados, información, compañía? ¿A los que sirven muchas veces para contener justamente el abuso de los más poderosos?

Me lo pregunto y pienso en quienes crearon el Instituto Nacional de Desarrollo Social para no dejar solas a las organizaciones civiles, para reconocerlas y ayudarlas. María Angélica Luna Parra, ya les he hablado de ella, dedicó su vida a probar que el apoyo del gobierno no se trata de concesiones de buena voluntad sino de construir políticas públicas de inclusión y ayuda a quienes lo necesitan. “Cada uno de nosotros tiene que sentirse capaz de transformar su entorno, cada uno de nosotros tiene la posibilidad de entender que nuestra intimidad, lo cotidiano dependen mucho de lo público y que la suma de nuestras acciones incide en la definición de lo público”, decía. Y lo entendía como tantos otros.

Como tanta gente a la que damos por dada. Y no le agradecemos lo que deberíamos. Gente como las fundadoras y continuadoras de organismos excepcionales como Gire, Semillas y la Asociación para la Parálisis Cerebral. Puedo nombrar 10 o 12, pero he dicho que hay miles. Habrá algunas convenencieras, pedigüeñas, tramposas. Pero son las menos. Y yo no las conozco. Yo sé de quienes trabajan gratis por años, para enmendar un pedazo de su mundo.

Se nos olvida que en nuestro país hace 25 años aún había leprosos y que hubo entonces quien se hizo cargo de ellos, sin ayuda del gobierno. No se me olvida que en donde hubo una laguna hace 50 años había un agujero con un charco hace 30, y quien lo vio compadecida se ocupó de recuperarla y ahí está.

La filantropía es una palabra no sólo en desuso sino en aparente desprestigio, pero quiere decir pasión por los otros. Creo que deberíamos reivindicarla.

Yo muchas veces he creído que la vida está regida por el azar y que poco puedo hacer para contradecir sus leyes. Pero me equivoco al creerlo. Hay quienes prueban que se puede lidiar con lo que parece un destino inevitable y trastocar su ley. Creen que las cosas tienen remedio. Y, para bien de tantos, van probando que así es.

Que la injusticia deje de ser natural y aceptada requiere de un arte difícil de practicar. Un arte que no es privilegio de nadie, menos del gobierno que para eso está.

Un muchacho que yo conocí andando por el campo en el sureste, hace 40 años, lo entendía así. Ya no sé ahora.

Elegimos modos extraños de convocar y asumir el mundo que nos rodea. Quienes trabajan en la mayor parte de las organizaciones civiles han elegido uno de los mejores. Comparten con otros la certeza de que estos tiempos, y los que vengan, tienen remedio cada día. Y todos los días. Incluidas las mañanas.

Autor: Ángeles Mastretta

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