El Louvre, entre parque de atracciones y zoco multicultural

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El museo parisino, que en 2018 fue visitado por 10,2 millones de personas, está al borde del colapso

Dos días de huelgas intermitentes han confirmado de manera espectacular que el Museo del Louvre, antigua morada real, ha comenzado a tener muchos rasgos propios de zoco multicultural y parque de atracciones. Ante una cola de turistas que lleva esperando dos horas para poder entrar, y todavía tendrá que seguir esperando otros sesenta o setenta minutos para poder llegar a la puerta de la Pirámide, en vidrio, que oficia de puerta principal de la pinacoteca, por donde se desciende a la «gruta» de las salas del primer museo nacional, un guardián que no desea ser identificado –los miembros del servicio de seguridad tienen prohibidas las declaraciones– me comenta, tras usar mi tarjeta profesional, para poder «colarme»: «La dirección del museo no se da cuenta o no quiere enterarse de lo que está ocurriendo, mira a otra parte. No comprendo cómo la gente no se harta. Cualquier día comenzarán a estallar peleas entre turistas que se disputan por un puesto en la cola, cuando alguien les ha robado la cartera».

Antes de llegar a una puerta de entrada principal, los turistas pueden distraerse con tentaciones de muy diversa índole. Son frecuentes las chicas y señoras de cierta edad que sonríen con mucho arte profesional a los señores más o menos solitarios. La Policía interviene regularmente para pedir la documentación a chicas jóvenes de Europa del Este que venden o se proponen vender chucherías muy diversas. Se ha dado el caso de señoritas de muy buen ver que han sido «rechazadas» a la entrada por ir vestidas de manera «inapropiada», «escandalosa» o «demasiado sexy». Vaya usted a saber. Se cuentan por decenas los jóvenes africanos que tienen por el suelo sus mantas en el Patio Napoleón, intentando vender reproducciones de la Torre Eiffel en plástico, fabricadas en China.

Salvados los obstáculos, hasta la cola donde se compran las entradas, hay turistas que prefieren «tomar fuerzas». En materia gastronómica, el Carrousel du Louvre –a cinco minutos de la sala de «La Gioconda»– ofrece un variado surtido de hamburgueserías y pastelerías. El más genuino Mac de la tradición neoyorquina, Mac/McMuffin («una delicia, con carne de vaca francesa»), alterna con las delicias de la pastelería local, en una tienda de macarrones atendida por una francesa de familia senegalesa. Antes de tomar la escalera que conduce hasta «La Gioconda» o el erotismo sadomasoquista de «La Mort de Sardanapale» (Delacroix), las nubes de turistas asiáticos guiados con banderas propias pueden hacer escala en todo tipo de chiringuitos de lo más selecto, para pagar a precio de oro los perfumes y baratijas que no podrían comprar en los zocos de Shanghái o El Cairo.

Guardianes

Quien haya sido capaz de resistir a las tentaciones de la más selecta hamburguesería y los perfumistas locales deberá ponerse en la cola (de apenas cincuenta o cien personas, si hay suerte) para llegar a la gran sala donde se expone «La Gioconda», bien defendida por un «muro» de cristal a prueba de balas, rodeada de cinco hombres y mujeres (tres franceses de origen africano o caribeño; dos franceses de la metrópoli europea), que ofician de estoicos guardianes de la gran dama, cuya legendaria sonrisa es invisible, víctima de los reflejos que la protegen de posibles ataques de la horda turística.

Si se tiene la pretensión de fotografiar o fotografiarse junto a la gran dama, utilizada por Beyoncé y su marido para promocionar el Louvre y sus tesoros, será necesario ponerse en la cola de cinco, seis, siete u ocho filas de turistas pertrechados de teléfonos móviles y cámaras compactas fotografiando «La Gioconda» en un plisplás.

Zanjada la cuestión de la sonrisa de la señora o señorita inmortalizada por Leonardo, el Louvre ofrece otros millares de maravillas, de un éxito a geometría variable. «La libertad guiando al pueblo», de Delacroix, sigue siendo una «vedette» indiscutible, entre todo tipo de públicos, no solo lugareños y europeos. «Venus y las tres gracias», de Botticelli, uno de los frescos más bellos de la historia de nuestra civilización, se encuentra en un pasillo de entrada: suscita un interés no siempre nulo. Momias egipcias y esas cosas no dejan de ser visitadas por el variopinto personal atraído por las emociones fuertes. «La Venus de Milo» y «La Victoria de Samotracia» tienen su público, sin duda.

Éxito fulgurante, la estatuaria griega y romana, inmortalizando señoras, señoritas y señores de fulgurante belleza, en posiciones no siempre lúbricas. Parada obligada por los grupos de turistas asiáticos, con guía y bandera propia, son los esculturales señores (tamaño natural) en posiciones de lo más sugestivo, en pie, exhibiendo todas sus gracias naturales, fotografiadas desde todos los ángulos por señoras y señoritas apasionadas por el arte antiguo, claro está.

Cumplida la dura faena de un periplo más o menos «cultureta», en la antigua morada de los reyes de Francia, reconvertida en museo nacional («un museo es la comunión de un pueblo con su arte», decía Baudelaire, iluso), el sufrido turista de cualquier sexo lo tendrá más fácil para huir. A las puertas del Louvre se amontonan decenas de autobuses que prometen descubrir muchas otras maravillas, decorados, siempre, con la publicidad porno «soft» que es la moda entre los modistos y perfumistas europeos más acreditados.

Autor: Juan Pedro Quiñonero

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