Velázquez y los bufones en la corte de Felipe IV

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Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), posiblemente el artista más admirado y universal de toda la Historia del Arte, dejó para la eternidad una serie de retratos de bufones y enanos que servían en la corte del monarca Felipe IV.

¿Quiénes eran estos personajes que pululaban por la corte, donde se les conocía como “hombres de placer”? Vamos a intentar aproximarnos a ellos a través de los famosos retratos que pintó Velázquez y que actualmente podemos contemplar en el Museo del Prado.

Velázquez y la corte de Felipe IV

Cuando Velázquez llega a Madrid, desde su Sevilla natal, eran los inicios del reinado de Felipe IV, y su valido don Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares, favoreció la llegada de gente sevillana a la corte, ya que aunque había nacido en Roma, se sentía sevillano, como su padre y abuelo.

Autorretrato de Velázquez en Las Meninas, 1656.

La corte de Madrid era una entidad autosuficiente, una verdadera ciudad dotada de todos los servicios, en la que vivían miles de personas. Entre ellas estaban los llamados “hombres de placer”, bufones y enanos, cuya función principal era la de hacer reír. Solo durante el reinado de Felipe IV, están documentados, unos cincuenta y cinco hombres de placer que pasaron por la corte.

Los hombres de placer

Estos bufones y enanos daban entretenimiento y diversión a la corte, incluso servían de compañeros de juego de los niños de la familia real. Estaban los bufones o truhanes, que no tenían ningún defecto físico o psíquico aparente; y los enanos, gigantes, locos, negros… contratados por su condición física o psíquica. Estos últimos también eran llamados “sabandijas palaciegas”.

¿Por qué los reyes y cortesanos se hacían rodear de estos personajes? Posiblemente los utilizaban como un instrumento de comparación para reafirmar su belleza frente a la “fealdad” de ellos.

Los enanos eran considerados objetos de lujo. Los bufones o truhanes que carecían de defectos aparentes, en realidad eran verdaderos aduladores que podían hacer burlas con total libertad. Los locos y bobos eran figuras inocentes y sinceras que actuaban con gran naturalidad, no eran tomados en serio y todo lo que decían provocaba risa. Por su parte, los que padecían algún defecto físico o deformidad, solían viajar por las distintas cortes para ser exhibidos.

Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda, 1590, Juan Sánchez Cotán.

En la corte vivían relativamente bien, ya que recibían un salario, comida y regalos. Aunque no dejaba de ser una vida llena de burlas y tratados como personajes raros e inferiores.

Los bufones y enanos de Velázquez

Será en las décadas de los treinta y los cuarenta, cuando Velázquez pinte una serie de retratos de estos singulares personajes. Anteriormente, estos hombres de placer habían sido retratados tanto en España como en otros países europeos por los mismos artistas que se ocupaban de retratar a los soberanos. Velázquez recoge así una tradición que contaba con nombres tan importantes como Antonio Moro, Alonso Sánchez Coello o Juan Sánchez Cotán.  

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba, 1560, Antonio Moro.

La maestría de Velázquez reside en su manera de representarlos, en cómo se enfrenta por igual a un retrato del monarca y un enano de la corte. Supo captar sus almas tratándolos con dignidad, incluso suavizando sus defectos físicos (por ejemplo, camuflaba el enanismo sentando al personaje) y retrató de manera fiel sus rasgos sin vulgarizarlos.

El pintor sevillano nos ha dejado una galería impresionante de seres, vistos con un tono de melancolía y conmiseración que los eleva a nuestro mismo nivel y los dota de su innegable condición humana.

Los retratos

Hoy en día sigue siendo objeto de debate la identificación de algunos de los retratados así como su datación. Estos cuadros tenían un carácter decorativo, ya que colgaban de las paredes de las estancias del palacio. A continuación veremos los que cuelgan de las salas del Museo del Prado de Madrid.

El bufón Calabacillas

Su nombre oficial era don Juan de Calabazas. Primero fue criado del cardenal infante don Fernando de Austria. Tras la marcha del infante a Flandes, el bufón pasó al servicio del rey en julio de 1632. Murió en octubre de 1639.

La visión velazqueña de este hombre es realista y conmovedora. El bufón bizquea, la cabeza se le cae para un lado y sonríe levemente. Está sentado trabajosamente en el suelo, dada la longitud y deformidad de sus piernas. Va vestido con un traje verde, con cuello y puños de encaje pintados con esa soltura que Velázquez usaba en esos detalles. En el suelo, a ambos lados del personaje hay dos calabazas.

Como en sus otros retratos de bufones, Velázquez coloca al personaje en primerísimo plano, de figura imponente, situado en un espacio indeterminado, de fondo neutro. El tratamiento técnico en la cabeza es extraordinario, pintada con un difuminado y pincelada suelta.

Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas

Natural de Vizcaya, estuvo al servicio del príncipe Baltasar Carlos. Aparece vestido de color verde, color asociado a las cacerías, y Velázquez lo sitúa en una cueva, donde al fondo se ve la sierra madrileña. Por lo que estaría acompañando al rey y al príncipe en una jornada de caza.

Velázquez coloca al personaje en primerísimo plano, sentado en una roca, con la pierna derecha de frente, en escorzo. Su cabeza desproporcionada se inclina, con una apacible expresión. Entre las manos sostiene un objeto que parece un mazo de cartas o naipes, símbolo tradicional de la ociosidad, por lo que podría referirse a su condición de compañero de juegos del príncipe, o su función de entretener en la corte.

Con una pincelada libre y suelta en el rostro, capta la personalidad del personaje, su expresión perdida y ausente, a la vez que conmovedora.

El bufón Barbarroja, don Cristóbal de Castañeda y Pernia

Trabajó para Felipe IV de 1633 a 1649. Fue emisario del cardenal infante don Fernando además de otras actividades de cierta responsabilidad en la corte. De él se sabe que tenía un carácter colérico que le valió un destierro a Sevilla en 1634 por darle una respuesta impertinente al rey acerca del conde duque de Olivares: el rey le preguntó si había olivas en Valsaín y Castañeda contestó, “Señor, ni olivas ni olivares”, lo que el conde duque lo tomó como una alusión maliciosa.

Con una técnica muy rápida y abreviada, Velázquez nos presenta a un hombre corpulento, de pie, espada en mano, que viste “a la turca” con un sayo de color rojo y turbante del mismo color. Representa el papel del pirata almirante apodado Barbarroja, terror del Mediterráneo.   

El bufón llamado don Juan de Austria

No se sabe cuál fue su verdadero nombre. El apodo se referiría al hijo ilegítimo del emperador Carlos V, famoso por ser el vencedor en la batalla de Lepanto. El apodo también puede tener una intención irónica al reflejar las manías de grandeza del personaje a quien representa con traje anticuado, bastón de mando, con armas y armaduras por el suelo y una batalla naval al fondo que podría aludir a la batalla de Lepanto.

Hay datos de este bufón desde 1624 a 1654, aunque no tuvo sueldo ni ración fijos, ni vivía en el Alcázar. ¿Podría ser algún envejecido soldado? Con esa expresión entre atemorizada y huidiza, ¿lo retrató Velázquez como símbolo de la decadencia del reino?

Pablo de Valladolid

El cuadro se conoció también durante mucho tiempo como “El cómico”, pues se le tomó como un actor, dado su aspecto declamatorio.

Nacido en Vallecas en 1587, estuvo en la corte desde 1632 hasta su muerte en 1648. El personaje se sitúa en un espacio indeterminado apenas sugerido por la tenue sombra de su cuerpo. Edouard Manet escribió en 1865, durante su estancia en Madrid: “Quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya realizado jamás […]. El fondo desaparece. Es aire lo que rodea al personaje, vestido todo él de negro y lleno de vida.” Un año después, el pintor francés se inspirará en él al hacer su Pífano, donde pinta un joven músico que aparece en un espacio neutro tan solo sujeto al suelo por la sombra de los pies.

El Pífano, 1866, Manet.

Como ya captó Manet, se trata de una de las pinturas más originales y audaces de Velázquez ya que propone una nueva manera de pintar: anula de forma radical la ilusión de profundidad que se consigue a través de la perspectiva lineal. Sin embargo la figura no flota ni parece plana. Con esta obra hace un claro desafío a las reglas de la pintura renacentista.

El bufón el Primo

Tradicionalmente se le había identificado con don Sebastián de Morra, pero recientemente se ha demostrado que se trata del bufón llamado el Primo, que acompañó a Felipe IV en 1644 a Aragón, y allí consta documentalmente que fue retratado por Velázquez.

Lleva una indumentaria rica en colorido: carmesíes, dorados, verdes, blancos y azules. Tiene una mirada directa e inquisitiva. Es uno de los mejores retratos de bufones por la calidad técnica y la relación directa que se establece a través de la mirada entre el enano y el espectador.

Bufón con libros

Identificado tradicionalmente con el bufón el Primo, ahora se desconoce su nombre. De cara inteligente, Velázquez lo retrata pensativo, rodeado de libros, y al fondo se ve la sierra madrileña inacabada. Es un cuadro sobrio, en el que dominan los tonos blancos, negros y grises azulados.

Todos estos retratos, quizá por su carácter informal, fueron pintados por el maestro sevillano con una gran libertad técnica, experimentando con el espacio, con una pincelada más libre y enérgica y más ligera de materia pictórica. Seguramente, esta serie de retratos de bufones sea la más admirada y enigmática de toda la producción del mejor pintor del Siglo de Oro español.

Autor: Mónica Herencias Gómez

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