Improbables muertes de Albert Camus

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Los críticos le pusieron un nombre sietemesino a ese género en el que figuran como protagonistas iconos de la literatura como Hemingway o Camus o Dostoievski: “biografismo ficcionalizado”.

El género tiene sus reglas éticas: no se falsea ni se denigra del personaje blindando su decoro, no se desvirtúa o desfigura su biografía, más bien se le añade una historia a la vida y se le hace actuar en un universo que puede simular el estilo literario del homenajeado o hacer una novela negra. Leonardo Padura lo hizo en Adiós, Hemingway y R. H. Moreno con Albert Camus en La conexión africana. También Coetzee con Dostoiewski en El maestro de Petesburgo.

Hay otra regla tácita con respecto a la verosimilitud: ha de situarse en contextos de sombra haciendo coincidir al personaje en lugares y fechas donde el modelo real estuvo, aunque inventando tramas imaginarias. También suele ponérsele un mote en lugar del nombre real, así el personaje de ficción gana identidad. En “La conexión africana”, Camus es amigo de su amigo Aimé Lacomte, un periodista que desentraña el complot para involucrar a Camus con el asesinato de un nacionalista argelino que aparece muerto en un bar después de un mitin al que asiste Camus. Este amigo llama a Camus “Berbert”, y así se le conoce en todo el libro.

El tiempo histórico y la cronología de La Conexión africana es precisa: imagina los últimos días de Camus, situando el 4 de enero de 1960 y año inmediatamente anterior como tiempo del relato cuando en el mundo de no ficción está en desarrollo las tensiones entre el partido comunista argelino que acepta la administración colonial francesa y los nacionalistas que luchan por la descolonización de Francia.

Un asesinato es más atractivo que un accidente para una novela de intriga, porque la contingencia de un accidente cancela los elementos trágicos fundamentales de una tragedia. En cambio, el asesinato crea la posibilidad de una subtrama en la que todo lo dicho previamente por Camus, aquellas posturas morales que motivaron su disidencia política y las críticas que sostuvo en crónicas y estrados y reuniones a la que asistía como Premio Nobel francoargelino, le acarrearían enemigos políticos poderosos con capacidad de sacarlo del camino. De modo que todo, hasta la ruptura con los marxistas parisinos, se convierte en crisis del héroe y en intriga novelesca, peldaños que acorralan y acercan a la liebre a la trampa del atentado.

Con la hipótesis de la conspiración las cartas están echadas. Los enemigos de Camus con capacidad de agresión podrían haber sido dos. Los nacionalistas musulmanes, que lo veían como un impostor, ya que a pesar de que hubiera sido expulsado del Partido Comunista Argelino (PCA) distanciándose de los marxistas, El Frente de Liberación Nacional (de Argelia) lo veía más como un conciliador francófilo, y en ese sentido traidor a la causa. La ruptura con los comunistas lo enemistaría con un brazo de hierro aún más letal. El enemigo oculto, en pleno esplendor de la Guerra Fría, sería la Unión Soviética que después de la Segunda Guerra tendía un escudo de espías con la capacidad de atentar contra elementos contrarios al comunismo internacional en el mundo entero, como Camus. Cualquiera de esas hipótesis es proclive a la trama.

La evidencia de haber muerto en un accidente, y no en un atentado, no desvirtúa ni resta importancia a las posturas de Camus con respecto a la llamada por entonces “cuestión argelina” y su público anticomunismo. Es más, las posibles subtramas se ven reflejadas de forma explícita en las discusiones que dio antes de morir. Cuando publica El hombre rebelde y su libro es cuestionado desde la revista de Sartre por ser considerado un antimarxista con una metodología que elude la lectura de Marx, Camus responde airado que hay una descomprensión del texto por parte del crítico. El marxismo funcionaba como una superestructura ideológica, surgida de la imaginación, igual que una religión. El ordenar la sociedad, la política y la cultura como resultado del materialismo histórico, hacía que el marxismo fuese analizable como superestructura ideológica del presente al igual que la religión y otras manifestaciones de la voluntad humana. Se distancia para siempre del círculo que orbitaba alrededor de Sartre. Como director de Combat y como reportero, cubrió de cerca la hambruna en Argelia. Tal vez las Crónicas argelinas, columnas y reportes de prensa escritas entre 1954-1958, esclarezcan su visión y las ideas políticas que estaban en el sentir de Camus y que lo motivaban a proponer una conciliación entre facciones radicalizadas por el bien de un pueblo oprimido. Su compromiso era antes que nada el compromiso moral de un ser humano que antepone el principio de la vida y de la libertad a la servidumbre del hombre alienado por una ideología o empujado a la muerte por el fundamentalismo.

En 1954, tras el estallido insurrecto de los argelinos que llevó a Francia a emplear la fuerza militar hasta 1958 cuando el golpe militar da paso a La Quinta República (de la Argelia aun francesa), Camus había escrito constantemente ensayos y crónicas sobre las condiciones de los pueblos del norte de África. En estos artículos había cuestionado el régimen colonial, había llamado a implementar las reformas que permitieran a las mayorías argelinas salir de la miseria a la que los sometía la administración colonial francesa. La miseria es el primer punto que plantea Camus como razón imperativa para las reformas y autodeterminación parlamentaria de Argelia. La miseria de la gente cuya alimentación se basaba en harina y agua con sal y que había evidenciado yendo por los pueblos y entrevistando a los desposeídos, hacía inadmisible que el gobierno local fuera regido desde Francia. Idéntica distancia tomaría cuando la Unión Soviética en 1956 invadiera Hungría con sus tanques de guerra y alzara la cortina de hierro para detener el avance de la “democracia”. Para entonces, Camus defendería a la resistencia húngara. En 1957, año de la obtención del Premio Nobel escribirá sobre la situación de silenciamiento de Boris Pasternak en la URSS. Al año siguiente le es concedido el Premio Nobel a Pasternak, pero este autor prefiere rechazarlo a tener que ir a limpiar baños en una mina de carbón siberiana.

¿Defender estas posturas le acarrería enemigos tan poderosos como para querer sacarlo del camino? Todo lo que defendía Camus está ya en El Mito de Sísifo. Tal vez ese breve tratado sobre la libertad del ser humano sea más preciso que los libros de conspiraciones sobre su muerte para determinar las posturas éticas, porque ahí ya había cifrado parte del pensamiento que defendió como intelectual. La libertad era el principal postulado para cuestionar la situación del ser humano contemporáneo: el absurdo. Al prescindir de la autoridad de Dios y poner la continuidad de la vida o su rechazo en manos del libre albedrío, sólo advertía dos opresiones para comprender la falta de libertad humana: “No puedo comprender lo que sería una libertad dada por un ser superior. He perdido el sentido de la jerarquía. No puedo tener la libertad sino la concepción del prisionero o del individuo moderno en el seno del Estado. La única que conozco es la libertad de espíritu y acción. Ahora bien, si lo absurdo aniquila todas mis posibilidades de libertad externa, me devuelve y exalta, por el contrario, mi libertad de acción.” Esa observación filosófica de El mito de Sísifo es la que aplica a su personaje Mersault en El Extranjero para imaginarlo actuar. Pero es también la pasividad que ve reflejarse en la situación de Pasternak, un hombre que no puede ser libre, ni de acción, ni de pensamiento, dentro de un Estado totalitario, y de paso la ve reflejada también en el subproletariado argelino. En El hombre rebelde la postura es moral, y esa moral personal se antepone a las ideas políticas que son transitorias y deterministas: El hombre rebelde es el que dice: “No”.

En enero de 2020 se cumplieron 60 años de la muerte de Camus en un accidente automovilístico. La aparición de la peste china motivó la reedición de sus obras. La Peste que fue la obra que lo consagró, ahora circuló en versión digital. Suplementos de Europa y América han publicado artículos sobre el legado de Camus. En general parece que a 60 años de su muerte y 107 del nacimiento se ha revitalizado el pensamiento y legado de Camus sobre el absurdo y la libertad insobornable de los seres humanos, cuyo principal opresor no es ya la figura prescindible del Estado ni la tutelar de Dios, sino la figura de la corporación y la forma de la comunicación y opresión del mercado actual.

En 2011 el italiano Giovanni Catelli publicó una columna en un periódico italiano donde decía tener información proveniente de una fuente indirecta, el poeta Jan Zábrana a quien un agente checo le dio detalles sobre el plan ejecutado por la KGB para asesinar a Albert Camus. En 2017 apareció en español el libro Camus debe morir y recientemente una ampliación titulada La muerte de Camus, en que la investigación lleva a datos concretos, como el autor intelectual, ensayos del plan y ejecución del mismo. La muerte de Camus sigue siendo objeto de sospecha y especulación en la ficción y la no ficción.

En la novela del colombiano R. H. Moreno Durán La conexión africana (publicada en 2003) el accidente se sugiere como consecuencia final de un complot de los nacionalistas argelinos. La novela se cuenta desde el punto de vista del amigo de Camus, Aimé Lacomte, redactor de un periódico argelino. Tras las reuniones para apoyar la resistencia, el asesinato político de Monfalcon en una imaginaria noche en que iban por Camus y el arresto de Masionseul que hace protestar energicamente a Camus, desencadenan una red de vínculos ocultos que acaban en el accidente aparatoso en aquella carretera del sur de Francia. Tal vez no sea tan espectacular la idea literaria de que Camus haya muerto a causa de una conspiración de compatriotas argelinos que de parte de los soviéticos, porque tal vez sea menos llamativo ser un chivo expiatorio de sus compatriotas que ser la víctima ilustre de una conspiración soviética, pero R. H. Moreno Duran consigue vincular algunas de las facetas íntimas y públicas de Camus, como sus amoríos y sus disputas con la intelligentsia marxista francesa y su apoyo a la resistencia argelina como un gran conocedor de la obra filosófica y literaria del homenajeado. Tal vez no haya nada nuevo en esa novela negra para aquel que haya decidido adentrarse antes en los Carnets y seguirlo por una buena parte de su vida. Sin embargo, la versión novelada de R. H. Moreno Durán sobre la muerte apócrifa de Camus al menos resulta coherente y sigue una intriga amorosa y los lineamientos éticos derivados de aspectos biográficos fundamentados en los Carnets y en sus libros de crónicas y viajes.

Camus sufría de Argelia como sufría de los pulmones. La miseria de su tierra natal y las condiciones insostenibles del subproletariado y el hecho de apoyar la resistencia pero el haber llamado a la cordura al bando por la liberación de Argelia para descartar el terrorismo como acción política pudo haber sido móvil suficiente para que los radicales musulmanes planearan estigmatizarlo como traidor y fabricar un atentado.

Pero tales razones no serían suficientes para entender por qué decidió no viajar con su esposa Catherine y su hija en el tren a París, sino regresar después de pasar las vacaciones familiares de enero de 1960 con su editor Michel Gallimard, la familia Gallimard y el perrito Floc por carretera. Esa variable: que la llanta estallará en los campos de trigo y el carro se partirá en tres contra un árbol, Camus morirá de golpe y la hija del editor, Anne, saldrá ilesa, el editor morirá días después en un hospital, la esposa del editor Janine se recuperará y el perro Floc será un desaparecido del siniestro, es con la que no cuenta el hipotético terrorista. O lo que es igual: ¿Si se va en tren, entonces cómo lo matan?

Habrá que imaginar los últimos días de Camus con menos intrigas y más placer y trabajo. El enemigo mortal contra el que luchaba el escritor era la enfermedad de Kosh en sus pulmones que lo afectaba desde el viaje insípido a Suramérica. Su fuerza vital estaba concentrada en la recuperación memorialística de la Argelia de su infancia. El 59 fue un año dedicado al manuscrito de El primer hombre, la novela que llevaba en portafolios cuando se dirigía el 4 de enero de 1960, en Sens, Villeblevin, Borgoña francesa con la familia Gallimard en un Facel Vega que se partió en tres tras chocar contra un árbol a 180 k.m/h. Esa novela lo había regresado a Argelia para un examen de conciencia. Es de esperar que sus últimos días estuvieron dedicados a examinar la figura de su padre y los recuerdos de su tierra natal y no temibles complots con marxistas o musulmanes. Y ante esos escenarios, el hombre absurdo, simplemente sonríe.

Autor: Daniel Ferreira

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